Ciudad de México, 1984.

La obra de Daniel Pérez Coronel, explora el sentido del color como una vértebra de cuyo eje deriva el movimiento de un cuerpo complejo. La estética de su obra está dada por el conjunto de expresiones indefinidas e innombrables que se dan a partir de la transgresión del espacio, el lenguaje, las cosas y los significados. Daniel expone en sus obras las tesituras de la voracidad y su expresión dada por el color y los trazos errantes —caóticos—, llevándonos hasta la sustancia de las cosas, como si cada una de sus pinturas fueran una ventana a lo inherente y vital que un ser establece, de manera invisible, consigo mismo y el mundo. A través de su obra encontramos desde el horror expresado mediante figuras y rostros, hasta el movimiento de lo espiritual y sus distintos símbolos: el vacío, la voracidad, el consumo y la insaciabilidad que redoblan el lenguaje para nombrar lo imposible.
 


Estudió la licenciatura en Artes Plásticas en la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado, “La Esmeralda” del Instituto Nacional de Bellas Artes. Ha tomado una gran cantidad de talleres y diplomados relativos a técnicas pictóricas, música y composición. Su trabajo más representativo son sus pinturas y sus sets de improvisación sonora. Su trabajo ha sido mostrado en mas de 20 exposiciones colectivas e individuales en galerías, museos, centros culturales y espacios alternativos, en Oaxaca, Guadalajara y la Ciudad de México. Su trabajo ha sido publicado en los periódicos El Excélsior y La Jornada, así como en varias revistas digitales. En el 2014 realizó una exhibición individual en la Universidad del Claustro de Sor Juana con el proyecto de pintura "Variaciones Indeterminadas". En el 2015 participó en el proyecto colectivo "Triste Momo" patrocinado por el Festival de Artes Visuales de Campeche. Actualmente su proyecto "Variaciones del Fénix" es patrocinado por la beca Jóvenes Creadores del FONCA. 

 


Serie Flamma / Variaciones del Fénix

 

“La idea principal que inspira este proyecto es que la sencillez es fuerza. A través del color y el volumen de la textura exploro distintas variaciones del fenómeno de la fuerza. Flamma significa resplandor en latín, y la serie recibe el nombre pensando en la pintura como un resplandor luminoso.” 

—Daniel Pérez Coronel

 

Desde el inicio de su carrera Daniel se ha caracterizado por explorar las distintas expresiones del trazo grave y el color cuya voracidad es visible incluso a través de paletas de color oscuras y sórdidas. En la serie Flamma / Variaciones del Fénix utiliza los neones para hacer visible la fuerza del color —como pura presencia de lo vital— que no necesita acotarse a formas rebuscadas ya que en sí, su luminosidad muestra la complejidad de todo aquello que vive y se mantiene latente en la memoria. Esas fuerzas inherentes al color, son reveladas por el artista a través de los cuerpos chorreados de pintura que quedan como huella en el lienzo; huella del acontecimiento genuino que nace del escombro, dejando un rastro lumínico como aparentemente lo haría un ave fénix después de haber renacido de las cenizas. Como su nombre lo dice, esta serie evoca las variaciones que un fenómeno de renacimiento puede dejar en la memoria de las personas y el mundo; rastros vivos cuya relación intrínseca con la fluorescencia, hacen visible que estos acontecimientos no pertenecen al orden de las cosas1, sino al fenómeno que sucede cuando cierta sustancia absorbe energía y la almacena para emitirla en forma de luz. Este suceso óptico señala la raíz y pulsión del vacío como un centro de color que irradia y pulsa como el quasar, fenómeno que puntualmente señala el resplandor que toda fuerza natural y genuina emite. En este sentido, los colores y texturas que encontramos en la serie Flamma / Variaciones del Fénix, son una suerte de acumulaciones universales que exceden los bordes del lienzo y se expanden por la mirada del espectador. Siendo sus obras un espectro luminoso que señala la experiencia del vacío como un paisaje que evoca la interioridad de quién la crea y quién la mira, cuidando las tesituras de su topografía propia, pero sin un sentido fijo que genere núcleos simbólicos, sino que evoque el vacío del cual proviene y el vacío del otro hacia el cual va.